Viajar sola no es valentía pura, ni una postal perfecta llena de atardeceres sin sombra. Hay algo que no siempre se dice: también hay dudas, cansancio, frustración… y momentos en que el cuerpo simplemente no da más. En mi caso, uno de los desafíos más concretos fue algo tan físico como mover un kayak que pesa prácticamente lo mismo que yo.

Suena casi absurdo cuando lo pienso, pero ahí estaba, frente al lago, con todas las ganas de entrar al agua y con un cuerpo que no siempre acompaña la idea romántica de “puedo con todo”. Y sin embargo, se puede. No desde la fuerza bruta, sino desde la adaptación. Aprender a distribuir el peso, apoyarlo en el cuerpo correcto, usar la técnica en vez del impulso. Ensayar, fallar, volver a intentar. Todavía no lo domino del todo, pero ya no me paraliza, y eso, en este viaje, ha sido suficiente. Porque viajar sola no se trata de hacerlo perfecto, se trata de hacerlo igual.
Recorrer la ruta de la Araucanía lacustre y bajar hacia los lagos de la Región de Los Ríos y Los Lagos es entrar en otro ritmo. Los caminos de ripio te obligan a ir más lento, los bosques te envuelven y los lagos —calmos, profundos— te devuelven una imagen tuya que no siempre es cómoda. Hay días en que todo fluye, en que encuentras el lugar perfecto para acampar, el agua está tranquila y el cielo se abre justo cuando lo necesitas. Pero también están esos otros momentos, cuando la noche cae más rápido de lo esperado, cuando el auto suena distinto, cuando estás sola de verdad y lo sientes en el cuerpo. El miedo aparece, y no hay que romantizarlo: es real. La diferencia es que, en vez de frenarte, empieza a enseñarte.
Muchas veces esperamos tener todo listo para partir, el equipo ideal, el auto perfecto, la experiencia previa, pero la verdad es que pocas veces las condiciones son las correctas. Este viaje me confirmó algo que ya venía sintiendo hace tiempo: no necesitas tenerlo todo resuelto para empezar. Puedes partir cerca, por una noche, en un lugar conocido, equivocarte, ajustar y aprender sobre la marcha. Porque hay algo que pasa cuando das ese primer paso, se desbloquea una puerta interna y después cada vez es más fácil llegar un poco más lejos. Esas mismas experiencias te van mostrando lo que necesitas para sentirte segura, y la aventura, de alguna forma, te lo va enseñando.
También entendí que viajar sola es hacerse cargo de lo práctico, no desde el miedo, sino desde el cuidado propio. Aprendí a fijarme en cosas que antes no miraba, como ubicar bencineras o vulcanizaciones cerca de los puntos de descanso, revisar los neumáticos antes de entrar a caminos largos de ripio, llevar herramientas que realmente pueda usar, incluso un tubo más largo para hacer palanca si la fuerza no alcanza, un cargador de batería que puede evitar quedarte botada en medio de la nada y un set básico de llaves del auto porque hay piezas que se sueltan más de lo que uno imagina. No es paranoia, es autonomía, y esa autonomía también construye seguridad.
Hay algo profundo que pasa cuando te enfrentas sola a lo desconocido. No tienes a quién delegarle las decisiones ni validación inmediata. Estás tú, con tus miedos, tus ganas y tu intuición, y poco a poco empiezas a escucharte distinto. Te das cuenta de que puedes resolver más de lo que pensabas, que tu cuerpo, aunque limitado, es capaz, y que el miedo no desaparece, pero deja de tener el control. Y si hay una parte de ti que quiere intentarlo, aunque sea pequeña, vale la pena escucharla. No necesitas cruzar el país ni hacer algo extremo el primer día, puedes empezar donde estés, con lo que tengas, pero hazlo. Porque la libertad no llega cuando todo está perfecto, llega cuando decides moverte igual, y en ese movimiento, entre bosques del sur, caminos de tierra y lagos silenciosos, algo dentro tuyo también empieza a cambiar.